EL FRAUDE DE LA TRANSICION: DEL FRANQUISMO AL POSTFRANQUISMO, por Ricardo Sáenz de Ynestrillas

La Frase que mejor resume nuestra transición es aquélla de que estaba todo atado y bien atado que pronunciara el dictador en el mensaje anual de Navidades de 1969. Con ello ponía de manifiesto que, aunque él muriese, que ya veía cerca su final, nada iba a cambiar porque ya se había asegurado que en lo esencial estaba todo bien atado e incluso pactado.

suarez

Se comenzó usando “una palabra buena, la democracia, para conseguir una mala, la dictadura de partidos“, como decía el propio Narciso Perales quien añadía algo así como que “Todos los partidos están hipotecados, ya que están utilizando las estructuras del viejo estado o reciben ayudas del exterior” y ya sabemos que ” quien paga, manda”.

Entre sus flagrantes errores, el primero es el de engañar al pueblo hablando de democracia y libertad, cuando en realidad lo que se hacía es aparentar que todo cambiaba, en realidad para que no cambiase nada: se daba paso a una partidocracia, representación máxima de una pseudodemocracia donde el pueblo sigue explotado, el trabajador marginado y en precario, el ciudadano desamparado, y los derechos sociales siguen siendo papel mojado.

Se introdujo, a través de los Pactos de la Moncloa, el principio de la contratación temporal, para dar paso a la basura de compra venta de trabajo que ahora tenemos.

Se restauraba una monarquía hereditaria y extranjera, consagrándola como forma de Estado intocable, como vemos, y absolutamente anacrónica y absurda, de una familia que no ha supuesto a España más que vergüenza, humillación, latrocinio y escarnio, por, como digo siempre, una gracia de Franco, en vez de haber dado paso a un sistema verdaderamente representativo como es la República.

Se mantuvo toda la estructura capitalista del estado, sin proceder a su desmantelamiento, en una oportunidad sin precedentes para haber llevado a cabo toda esa revolución pendiente que devolviera a los trabajadores la propiedad de los medios de producción que nos hubiera traído a España una auténtica democracia económica.

Se hurtaba el pueblo español un verdadero proceso constituyente que hubiera permitido que, por segunda vez en la Historia (la primera fue la SEGUNDA REPÚBLICA) el pueblo español pudiera disfrutar de una verdadera constitución avalada por el pueblo que, previamente, ha participado en los debates a través de los cargos elegidos precisa y únicamente para ello.

Se dividió a los españoles en dos categorías, en ciudadanos de primera y de segunda, al consagrar los términos de nacionalidades y regiones, y de aquéllos lodos vienen estos lodos que tenemos hoy con los independentismo s nacionalistas.

La Constitución se redactó estando vigente la anterior, en un llamamiento a Cortes según el Antiguo Régimen, “Cortes para la Reforma política (del franquismo)” para traernos un “Trágala” de la Carta Magna del 78. POr eso principalmente es ilegítima.

La transición pudo implicar un verdadero inicio de un período de esperanza y prosperidad para todos. Sin embargo, admito que no era fácil. Al menos no era fácil sin provocar otro enfrentamiento fratricida que Suárez, como José Antonio en su tiempo, salvando las distancias, quiso impedir a toda costa. Y es evidente que, sin la legalización de todos los partidos políticos, incluido el PCE, sin eliminar cualquier restricción política, legalizar los sindicatos y hacer borrón y cuenta nueva con los presos políticos (la amnistía del 77), cualquier apertura del régimen hubiera sido inviable.

Como José Antonio, Suárez se propuso la reconciliación de las dos Españas, pero la cerró en falso, mediante un parche con fecha de caducidad. Sin embargo, valoro y admiro su buena fe y la valentía de intentarlo, aunque, en la práctica supusiera la perpetuación del postfranquismo, basado en las mismas leyes, instituciones, corrupciones y valores caducos del franquismo, sin profundización real en nada, y asegurando que, los dirigentes políticos de hoy, fueran los herederos y sucesores de los dirigentes políticos del franquismo.

Es decir, como decía al principio aparentar cambiarlo todo para que todo siga (casi) igual que antes.

 

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